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PALABRAS
PERSONALES
Integridad en todo sentido
Habitualmente
pensamos en la integridad como un concepto de orden ético
y moral. Una persona íntegra, en este sentido, es aquella
a la que difícilmente se le puedan echar en cara actitudes
deshonestas, o manipular resortes de poder (político,
empresarial o de cualquier índole) para obtener beneficios
personales de manera ilegal o ilegítima.
Me
parece a mí que esta visión “moralista”
de la integridad, aun siendo “correcta” en un
sentido, es incompleta, y en esta incompletud pierde por el
camino su mayor potencia. Me parece a mí que la verdadera
dimensión de la integridad se alcanza cuando logramos
visualizar su carácter profundamente espiritual.
Porque
la palabra “integridad”, según yo lo veo,
es indisoluble con la idea de lo “integral” (hasta
hace poco tal vez hubiera estado más de moda decir
“holísitico”). Me atrevería a proponer
que la integridad –integralidad– es la palabra
más indicada para trasladar al plano individual los
postulados del pensamiento sistémico. Así como
los empresarios y ejecutivos están tomando cada vez
más conciencia de que las organizaciones son “sistemas”,
en los que cada una de las partes está ligada a –e
influye sobre– todas las demás y, por ende, sobre
el conjunto, del mismo modo cada área de la vida de
nosotros como individuos está íntimamente ligada
a todas las demás, y lo que hacemos en una de las áreas
de nuestras vidas lo hacemos indisolublemente como una unidad,
a la que reconocemos como nuestro “Ser”.
Cuando
propongo, entonces, pensar en la integridad –integralidad–
desde una perspectiva “espiritual”, estoy hablando
de “armonía interior”, estoy invitando
a pensar en nuestras vidas como una permanente búsqueda
de coherencia entre lo que pensamos y cómo trasladamos
eso que pensamos a nuestra vida cotidiana en todos los escenarios
en los que nos toca actuar.
Puede
sonar muy “religioso”, pero tal vez uno de los
desafíos de nuestro tiempo sea, precisamente, desarrollar
una nueva espiritualidad, más “integrada”
en una visión de un “ser único”,
indisoluble y armonioso. Probablemente se trataría
de una espiritualidad no confesional (que no respondiera a
credos, religiones ni confesiones), sino simplemente a una
cosmovisión por la que tomamos conciencia de que cada
uno y cada parte está vinculado con la totalidad, y
donde reconocemos que lo que yo te hago a ti, me lo hago a
mí mismo, y donde lo que tú me haces a mí,
te lo haces a ti mismo.
¿Cuán
“integrado” logras mantenerte en tu vida laboral?
¿Te ves obligado a escindir una parte de ti para desempeñarte
de manera eficiente en tu trabajo y lograr el éxito
en tu carrera profesional? ¿La empresa en la que trabajas
te exige prescindir de algunos de tus principios y valores,
o dejar de lado deseos personales, para lograr los resultados
esperados?
Tal
vez sea hora de que inicies (o retomes) la búsqueda
de tu armonía interior.
Hasta
pronto,
Esteban
Owen
Editor |
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