COMPARTIENDO
LECTURAS
No
vale la pena
hacer bien lo que
no vale la pena hacer
Extractos del capítulo
Notas sobre la autorrealización, el deber, el trabajo
y la misión, del libro El management
según Maslow. Una visión humanista para la
empresa de hoy, de Abraham Maslow (Paidós, 2005),
pp. 33-44.
Recuerdo
haber citado a varios “héroes”, personas
que no sólo habían logrado la salvación
personal, sino también el respeto y el amor de quienes
las conocían; todas ellas trabajaban bien y eran
responsables, todas eran tan felices como les permitían
las circunstancias. Así pues, también se podría
decir que la búsqueda de la autorrealización
por medio del compromiso con un trabajo importante y que
valga la pena es el camino hacia la felicidad humana (en
contraste con la búsqueda directa de la felicidad;
la felicidad es un epifenómeno, un subproducto, es
algo que no se debe buscar directamente, es un premio indirecto
a la virtud). En cuanto a la otra forma de buscar la salvación
personal nunca he visto que funcionara para nadie: hablo
de estar todo el día sumido en la introspección,
totalmente solo y dentro de una cueva perdida en algún
lugar. Puede que funcione para la gente de la India o del
Japón –no seré yo quien lo niegue–
pero nunca he visto que funcionara para nadie en Estados
Unidos. Las únicas personas felices que conozco son
las que trabajan bien en algo que consideran importante.
También he señalado en mi conferencia y en
mis anteriores escritos que ésta es una verdad universal
para todos mis sujetos autorrealizados. Estaban metamotivados
por metanecesidades [...] que se manifestaban en su devoción,
en su dedicación y en su identificación con
algún trabajo grande e importante. Esto era así
en todos los casos, sin excepción.
[...]
Un
aspecto de toda esta cuestión es que la tarea de
autorrealizarse trasciende el yo sin tener que intentarlo
y alcanza la pérdida de autoconciencia que tantos
orientales –japoneses, chinos, etc.– intentan
lograr. La tarea de autorrealizarse es la búsqueda
y la realización del yo y también es el logro
del desinterés que constituye la expresión
última del yo verdadero. Resuelve la dicotomía
entre el egoísmo y el altruismo. También entre
lo interno y lo externo, porque la causa de que uno se dedique
a la tarea de autorrealizarse se introyecta y pasa a formar
parte del yo, con lo que el mundo y el yo dejan de ser diferentes.
El mundo interno y el mundo externo se fusionan y se convierten
en una sola y misma cosa. Lo mismo cabe decir de la dicotomía
sujeto-objeto.
[...]
Si
incorporamos a nuestro ser algo importante del mundo, nosotros
mismos nos hacemos importantes. Nos hacemos tan importantes
como lo que hemos introyectado y asimilado en nuestro interior.
De repente, la posibilidad de morir, de enfermar, de no
poder trabajar, etc., adquiere importancia. Es por ello
que debemos cuidarnos, respetarnos, descansar lo suficiente,
no fumar ni beber en exceso, etc. Ya no podemos cometer
suicidio: sería demasiado egoísta. Sería
una pérdida para el mundo. Somos necesarios, útiles.
Esta es la forma más fácil de sentirse necesario.
Las mujeres que tienen bebés no se suicidan con tanta
facilidad como las que no son madres. Los prisioneros de
campos de concentración que tenían una misión
importante en la vida, un deber por el que vivir, otras
personas por las que seguir vivas, tendían a seguir
vivas. Las otras se rindieron, se hundieron en la apatía,
murieron sin ofrecer resistencia.
He
aquí un buen remedio para la autoestima: seamos parte
de algo importante. Seamos capaces de decir: “Nosotros,
los de Naciones Unidas…”, o “Nosotros,
los médicos…”. Cuando podemos decir:
“Nosotros, los psicólogos, hemos demostrado
que…”, participamos de la gloria, el placer
y el orgullo de todos los psicólogos de cualquier
lugar.
Esta
identificación con causas o trabajos importantes,
este identificarse con ellos para incorporarlos a uno mismo
agrandando el propio yo y haciéndolo importante,
también es una forma de superar deficiencias existenciales
reales como limitaciones de CI [Coeficiente Intelectual],
de talento, de habilidad, etc. Por ejemplo, la ciencia es
una institución social, que también explota
las diferencias caracterológicas: ésta es
una técnica para hacer creativas a las personas que
no lo son, para que los hombres poco inteligentes puedan
ser inteligentes, para que los hombres pequeños puedan
ser grandes, para que los hombres limitados puedan ser eternos
y cósmicos. Cualquier científico debe ser
tratado con cierto respeto por poco que pueda ser lo que
haya aportado, ya que es un miembro de una gran empresa
y exige respeto por participar en ella. Por así decirlo,
la representa. Es un embajador. (Esto también constituye
un buen ejemplo: el embajador de un gran país recibe
un trato diferente del que recibe el embajador de un país
tonto, ineficaz o corrupto, aunque los dos sean seres humanos
con defectos humanos.)
Lo
mismo cabe decir del soldado que forma parte de un ejército
grande y victorioso en contraste con el soldado que pertenece
a un ejército derrotado. Así pues, aunque
todos los científicos, todos los intelectuales y
filósofos, etc., sean personas limitadas tomadas
por separado, tomadas en su conjunto son muy importantes.
Representan a un ejército victorioso que está
revolucionando la sociedad; están preparando el nuevo
mundo; están construyendo la eupsiquia(*). De este
modo se convierten en héroes porque participan en
empresas heroicas. Han encontrado una forma de conseguir
que los hombres pequeños se hagan grandes. Y puesto
que en el mundo sólo existen hombres pequeños
(en grados diversos), puede que sea esencial alguna forma
de participación o de identificación con alguna
causa que valga la pena para que cualquier ser humano sienta
una autoestima fuerte y saludable (ésta es la razón
de que trabajar en una empresa “buena” [prestigio,
calidad de los productos, etc.] sea bueno para la autoestima).
Todo
esto está relacionado con mis pensamientos sobre
la “responsabilidad como respuesta a las exigencias
objetivas de la situación”. “Exigencias”
se refiere a lo que “reclama” una respuesta
adecuada, a lo que presenta un “carácter de
demanda” de acuerdo con la constitución, el
temperamento o el destino que la persona percibe en sí
misma. Es decir, es lo que la persona misma se siente impulsada
a hacer correctamente, a corregir; es la carga que la persona
misma coloca sobre sus hombros, el cuadro que cuelga torcido
de la pared y que esa persona, de entre todas las del mundo,
tiene que enderezar. Hasta cierto punto es como el reconocimiento
del propio yo ahí fuera, en el mundo. En unas condiciones
ideales habría un isomorfismo, una selección
mutua entre la persona y la tarea de autorrealizarse (su
causa, su responsabilidad, su vocación, etc.). Es
decir, cada tarea “exigiría” precisamente
a la persona que fuera más adecuada para abordarla,
como la llave y la cerradura, y esa persona sentiría
su llamada con la mayor fuerza y reverberaría con
ella, sintonizaría con su longitud de onda y sería
sensible a su llamada. Existe una interacción, una
adecuación mutua, como en un buen matrimonio o una
buena amistad, como si estuvieran hechos el uno para el
otro.
Pero
¿qué ocurre con quien rechaza esta responsabilidad
excepcional, que no escucha su llamada o que ya no puede
escucharla? Es indudable que aquí podemos hablar
de culpa intrínseca, de inadecuación intrínseca,
como la del perro que intenta andar sobre sus patas traseras,
o la del poeta que intenta ser un buen empresario, o la
del empresario que intenta ser poeta. Es algo que no encaja,
que no funciona, que no liga. Si no respondemos a nuestra
suerte o a nuestro destino lo pagaremos muy caro. Debemos
entregarnos a ello; debemos sucumbir ante ello. Debemos
dejar que nuestro yo sea elegido.
Todo
esto es muy taoísta. Es bueno subrayarlo porque,
inconscientemente, la responsabilidad y el trabajo se ven
en función de la teoría X de Douglas McGregor,
es decir, como un deber, como un pechar a regañadientes
con una carga porque una moral externa nos obliga a ello,
porque hay unos “deberías” que se consideran
diferentes de la inclinación natural, diferentes
de la libre elección basada en el deleite o el buen
sabor. En unas condiciones ideales –es decir, con
un egoísmo sano, con la espontaneidad y la libertad
de elección más profunda, primitiva y animal,
con la capacidad de escuchar la voz de los propios impulsos–
abrazamos nuestro destino con el mismo entusiasmo y la misma
felicidad que quien abraza a su esposa. Este rendirse (este
someterse, esta receptividad confiada) es el mismo que se
da en el abrazo de dos personas hechas la una para la otra.
La polaridad entre la actividad y la pasividad se trasciende
y se resuelve igual que en el abrazo amoroso o en el acto
sexual cuando rozan lo ideal. Y se resuelve de la misma
forma la dicotomía entre querer y poder. Y la diferencia
entre Oriente y Occidente. Y la dicotomía entre el
libre albedrío y el determinismo. (Podemos abrazar
los factores que nos determinan, pero hasta esta afirmación
es demasiado dicotómica. Mejor será decir
que podemos reconocer que lo que parecen ser nuestros factores
determinantes ahí fuera, en el mundo, en realidad
es nuestro yo que parece estar ahí fuera, que parece
ser diferente del yo por una percepción imperfecta
y una imperfecta fusión. Es una especie de amor por
uno mismo, un abrazar la naturaleza de uno mismo. Las cosas
que están hechas las unas para las otras se fusionan
entre sí, disfrutan de esa fusión, la prefieren
a estar separadas.)
(Así
pues, el hecho de abandonarse [en lugar de controlarse]
equivale a ser espontáneo, constituye una forma de
actividad que no es diferente de la pasividad ni está
separada de ella.)
Por
lo tanto, reconocer la propia responsabilidad o el propio
trabajo es como una relación de amor, es parecido
a reconocer una pertenencia, un Zusammenhang; tiene muchas
de las cualidades paradójicas o que trascienden dicotomías
de la relación sexual y del abrazo amoroso, de dos
que se funden perfectamente en uno. Esto me recuerda la
noción de “diseño parádico”
de C. Daly King, que equivale a reconocer la conveniencia,
la pertenencia, la normalidad y la corrección mediante
el reconocimiento de la intención o el destino que
supone este diseño.
Aplicar
toda esta noción a la relación entre una persona
y su destino laboral es difícil y sutil, pero no
mucho más que aplicarla a las relaciones entre dos
personas que se deberían casar en comparación
con otras dos personas que, evidentemente, no deberían
hacerlo. Se puede ver que una personalidad encaja con otra
en este mismo diseño parádico.
Si
el trabajo se introyecta en el yo (y supongo que siempre
ocurre más o menos esto aun cuando uno intente impedirlo),
la relación entre la autoestima y el trabajo es más
estrecha de lo que creía. Sobre todo la autoestima
sana y estable (la sensación de valía, de
orgullo, de influencia, de importancia, etc.) descansa en
un trabajo bueno y digno de ser introyectado, de convertirse
en parte del yo. Puede que nuestro malestar contemporáneo
se deba más de lo que había pensado a la introyección
de trabajos que no generan orgullo, trabajos robotizados,
descompuestos en fragmentos fáciles. Cuanto más
reflexiono sobre esto, más difícil me es concebir
que pudiera sentirme orgulloso de mí mismo, que pudiera
amarme y respetarme si, por ejemplo, tuviera que trabajar
en una fábrica de chicle, o en una agencia publicitaria
capciosa, o en una fábrica que hiciera muebles de
muy mala calidad. Hasta ahora he escrito sobre el “logro
verdadero” como base para una autoestima sólida,
pero supongo que esto es demasiado general y que se debe
explicar más a fondo. Un logro verdadero significa
inevitablemente una tarea digna de ser realizada y que llene
de orgullo a quien la realiza. Sin duda, hacer muy bien
un trabajo tonto no es un verdadero logro. Me gusta mi expresión
“No vale la pena hacer bien lo que no vale la pena
hacer”.
_________________________
(*) Eupsiquia: término acuñado por Maslow,
al que definió como “la cultura que generarían
mil personas autorrealizadas en una isla donde nada ni nadie
fuera de la isla pudiera interferir en ellas”.